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CONOCIENDO ESTEBAN AGUSTÍN GASCÓN A TRAVÉS DE LA EP 44: «La vida no termina en las ciudades»

Esteban Gascón es una localidad ubicada en el partido de Adolfo Alsina. Situada muy cerca del límite con La Pampa, su nombre recuerda a un congresal que representó a Buenos Aires en aquel Congreso de Tucumán de 1816.

Cuenta la historia que al no haber constancia de la fundación del pueblo, por decreto N° 5847 del gobierno provincial del 31 de diciembre de 1976 se estableció como fecha de fundación el 15 de abril de 1907, fecha de habilitación del tramo ferroviario, de la Empresa Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico cuya estación, con el nombre de Gascón, fue erigida sobre tierras que eran de propiedad de Esteban Louge.

Tiempo después el Señor Antonio Koller, inmigrante procedente de la región del Volga (Rusia), junto con el Señor Jorge Kloster, realizó el primer fraccionamiento de tierras en el año 1908, con la donación de varios predios en el lugar que hoy ocupan Villa Margarita y Colonia San Antonio, donde se construyó la Iglesia en 1923. Eso promovió el asentamiento de más familias y su organización comunitaria.

Para pintar los lugares que recorremos recurrimos a imágenes, a testimonios, a documentos. En esos “buceos” de información es que supimos que esta pequeña y acogedora localidad tuvo su momento de mayor gloria cuando el tren de pasajeros transitaba por su territorio y que, historia por demás sabida, su levantamiento trajo tristeza, una merma en su movimiento y el éxodo de los habitantes que se mudaron a las ciudades para encontrar otros servicios y posibilidades de trabajo. Otros, no obstante, se quedaron en el pueblo apostando a luchar por lo aún tenían: un lugar tranquilo y familiar para vivir. Los principales desafíos que enfrenta la localidad, como en tantos otros sitios de la provincia y del país, es la falta de puestos de trabajo y de posibilidades de estudios superiores.

Pero más allá de los datos encontrados, nadie como una protagonista directa para narrar el día a día, las historias y las vivencias de la gente de Gascón. Por eso entrevistamos a Mariela Álvarez, directora y docente a cargo de la Escuela Primaria Nº 44 “Merceditas”, institución educativa, social, cultural, y sin dudas el alma de la localidad.

Según el último censo, la población de Esteban Gascón apenas superaba una centena de habitantes, aunque nuestra entrevistada nos cuenta que actualmente quedan cerca de 80. Hubo y hay intentos de repoblamiento que han ido desde familias que buscaron mudarse de las ciudades para encontrar la paz que allí tanto escasea, hasta proyectos de turismo rural que revaloricen la historia y el presente que el pueblo tiene para ofrecer.

La huella de Gregorio Aberásturi

Mariela Álvarez comienza su relato destacando la importancia que tuvo la figura de Aberásturi y su comercio en la historia de Gascón, y de la alegría por la recuperación de dicho espacio comercial: “Era uno de los locales que se había cerrado y se volvió a abrir. Era un comercio muy grande y un comerciante local trató de remodelarlo al estilo de la anterior época. Quedó un espacio muy lindo y es importante, porque se van recuperando historias pasadas. Por lo que he sabido, Aberasturi fue una persona que ayudó mucho a la Escuela 44, ha donado mucho y es una persona muy presente para la localidad. El comercio de Aberásturi era de ramos generales y también vendían combustibles, actualmente se abrió como supermercado, con ferretería también porque los que vivimos acá, si no viajamos, no tenemos los elementos para solucionar los problemas”.

La directora se muestra optimista en cuanto a la lenta pero notable recuperación de Gascón: “De a poco se va a ir levantando con el aporte de cada uno de los ciudadanos. Los pueblos chicos se van muriendo porque la gente se va o los comercios cierran. Los caminos acá son todos de tierra y siempre cuesta, más en los días que llueve. Lo más cercano que tenemos en la Colonia San Miguel Arcángel, que está a 16 Km, después está Rivera a 36 Km y a unos 35 Km está Darregueira, que ya pertenece al partido de Puán”.

Un aspecto más que positivo es el repunte que ha tenido Gascón en los últimos tiempos con la llegada de más familias que se han establecido a trabajar a los campos vecinos: “Hoy podemos decir con alegría que contamos con una matrícula de 15 alumnos”.

La localidad está dividida (o unida, según se lo piense) por la vía del ferrocarril. De un lado recibe el nombre de Villa Margarita, sitio que corresponde a la primera parte que se fundó y que fue cuna de inmigrantes, sobre todo alemanes del Volga. Allí se emplaza la Iglesia San Antonio, un edificio fastuoso y casi centenario, y también estuvo el primer edificio de la Escuela 44 el cual, luego de una gran inundación, debió ser abandonado. El nuevo edificio escolar se fundó del otro lado de la vía, en la propia Estación Gascón.

Álvarez nos cuenta, a través de las pinceladas de sus palabras, que a pesar de no tener tren de pasajeros son frecuentes los ferrocarriles de carga que surcan el poblado dirigiéndose hacia otros destinos: “Es muy transitado, todos los días pasan tres o cuatro, como el paso obligado hacia el sur, hacia Bahía Blanca y hacia el sur. Pasan con cereales o caños de gasoductos y algunos empleados, a veces, hacen noche acá cuando pasan de madrugada”.

Historia de solidaridad

Uno de los regalos más lindos que se pueden encontrar en los pueblos es su gente. Son aquellos que, desde la simpleza, el apoyo y ese sentimiento de familiaridad que sólo ellos pueden expresar, son capaces de aguantar los temporales, sacar a un vecino del barro, acompañar en una inundación o levantar el edificio de la escuela prácticamente con sus propias manos.

“Cuando la escuela se inundó no había establecimiento, no había nada, y se empezó a dar clases en el Club de Gascón hasta que levantaron el lugar que tenemos ahora. En aquel momento fue el pueblo el que empezó levantar la nueva escuela, con materiales que se consiguieron de uno u otro lado. Hace unos años atrás se voló el techo con un tornado, también tuvieron que sacar todo y reconstruir, y lo hicieron. Es una comunidad que colabora mucho, que está para lo que necesitás y es lo lindo que tienen las comunidades pequeñas en cuanto al amor a las escuelas, sobre todo el que viene de las personas grandes”, narra.

Esta camaradería también se vive (si la situación sanitaria lo permite) cuando la comunidad se reúne a festejar las fiestas patrias al sabor del chocolate caliente y de las tortas caseras que elaboran mamás y abuelas.

 Es la misma camaradería la que permite que los chicos jueguen tranquilos en las calles, donde en palabras de Mariela “los chicos son de todos” porque comparten juegos bajo la mirada vigilante de los vecinos que cuidan, que les ofrecen un vaso de agua o que les inflan las gomas de las bicicletas para que el juego al aire libre pueda continuar.

“La vida no termina en las ciudades. Del otro lado hay gente que vive distinto aun teniendo toda la tecnología, es gente que tiene otro estilo de vida, para nosotros mejor que el de las ciudades”, concluye.

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